martes, 19 de noviembre de 2013

CONSULTAS ANECDÓTICAS A UN DETECTIVE PRIVADO

Hay quien cree que el detective privado es la diana donde tirar toda clase de dardos.

Pocos saben qué esconde un personaje al que la literatura y literatura de género acerca tópicos y estereotipos de molde anglosajón sobre una realidad española que poco o nada tiene que ver.

Las anécdotas, sobre la realidad y ficciones que alberga el detective privado, surgen de inmediato. Muchas de ellas en la primera y única consulta al tipo que, sorprendido, no sabe si reírse o llorar ante su interlocutor. El detective no suele reflejar sus emociones ante el cliente o consultante.

Contaremos algunos sucedidos que nadan entre lo hilarante e increíble. Historías de un investigador privado


Una vez una señora llegó a la agencia con un niño de 3 ó 4 años. Ella contaba su historia mientras el menor fue calmado con un caramelo. El detective estaba preparado para los pequeños con un cenicero vacío de colillas y lleno de chucherías.

El pequeñín miraba fijo al investigador mientras éste seguía el relato verbal de la madre. Cuando el caramelo se terminaba el niño miraba el despacho y advirtió títulos y diplomas. Se agarró a la madre  y empezó a llorar como un poseso hasta el punto de interrumpir la consulta.

La madre le preguntaba al hijo por qué lloraba, qué había pasado para tanto llanto. El menor se agarraba más fuerte a su progenitora.

Gritaba: Mamá, mamá. Al final me pincha… Dirigía su mirada al detective.

El niño creyó que el detective era un médico sin bata pero algo raro porque se comportaría a lo que él no estaba acostumbrado. Esta aterrorizado sin duda porque tanta amabilidad conducía al doloroso pinchazo en el culete.

La madre, muy ceremoniosa, tranquilizó a su hijo repitiéndole que el médico en realidad era un ‘hombre bueno’. La prueba: otro caramelo entró en el paladar del niño.    

El detective privado, un servicio de emergencia ante infidelidades

Otra anécdota reseñable era un tipo que llamaba al detective pensando que era un servicio de emergencia ante la infidelidad de su esposa. Cada vez que sospechaba que la dama estaba ‘con el otro’ llamaba con insultos al detective exigiéndole que fotografiara el adulterio. Situémonos cuando tal delito era vigente.

El detective, con la guasa que requiere el caso, le respondía al airado interlocutor telefónico que antes de ir debía demostrar que los cuernos de quien llamaba debían ser afilados en la comisaría más cercana. Aquel defraudado marido al oir la terrible palabra ’cuernos’ colgaba ipso-facto el teléfono. Fin de la historia.

Más divertido, y surrealista, fue otro caso en el que el investigador privado fuera auxiliado en un accidente de tráfico por la persona a la que perseguía.  El objetivo frenó en una intersección su auto de alta gama. El investigador iba en motocicleta y, ante el frenazo, resbaló en el asfalto y chocó contra la parte trasera del objetivo. Muy solícito bajó del auto y se interesó por posibles lesiones. Daños materiales no hubo. Pero se acabó la vigilancia aquella tarde.    

De anecdótico e ingenioso se puede calificar un asunto en el que un detective privado no sabía cómo identificar a la pareja de su objetivo. Todos los intentos habidos, convencionales y trucos de toda especie fracasaron ante una persona que se había trasladado desde otra ciudad y nadie sabía su nombre.

El detective en su desesperación aprovechó que el objetivo no conducía autos ni tenía licencia para ello. Su pareja era quien cerraba un  negocio donde le ayudaba a última hora de la noche. Al abandonarlo, ambos iban para el coche y casi llegando al hogar en un semáforo el auto del detective chocó contra el de su objetivo, que iba conducido por su pareja. Al rellenar el parte de siniestro se desveló el misterio que tanto costó resolver al detective. Gajes del oficio.

El mito de que el detective debe disfrazarse no es irreal.

Digamos que es bueno naturalizarse con el caso a todos los niveles. Una pelea de socios sacaba cajas con documentación de una empresa por las mañanas desde una nave sita en una concurrida calle de un polígono.

El modus operandi de quienes sacaban ilegítimamente las cajas incluía a tres personas. Una salía a la calle para ver si había alguien que observase los movimientos de los otros dos. Cuando no había sospechosos de estar al tanto de cómo se sacaban las cajas el ‘avisador’ hacía gestos a sus colegas que primero sacaban sólo la cabeza antes que las cajas.
   
Las observaciones sobre la puerta donde salían las cajas fueron infructuosas, día tras día. No importaba si se cambiaba de coche, personas…. El caso iba directo al fracaso.

De pronto, y muy temprano, el detective compartió una ingeniosa treta con sus colaboradores. Salieron de la agencia con gafas negras y adquirieron varias tiras de cupones de ciego. Consiguieron una mesa de playa y dos sillas. Las pusieron frente a la nave desde donde salían las cajas con sus indebidos transportistas.

El ‘avisador’ miraba a los ciegos vendiendo cupones. Al ser tan jóvenes causaron compasión entre los viandantes y acabaron con los cupones en menos tiempo del esperado.

Se oía entre ’avisador’ y compinches: ‘no hay problema, son ciegos..’.

Volvieron a salir cajas de la nave. Fueron fotografiadas con cámaras que situaban entre sus piernas los ‘ciegos’.

Caso resuelto. Y cupones agotados.


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