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miércoles, 4 de diciembre de 2013

La realidad y ficción de un detective privado

El investigador privado, del estereotipo del cine o la literatura y la realidad

Como no negaremos jamás la palabra o el concepto popular de ‘detective’ tiene innegables connotaciones con el cine y literatura. 

Imagen del Detective privado en el cine o la literatura
La imagen estereotipada del detective privado
en el cine o en la televisión
Para los ojos españoles el detective-personaje lleva gabardina, usa gafas negras, fuma cual poseso, es solitario y husmea sin ayuda de nadie casos imposibles.

En otras versiones más mundanas del icono los casos le reportan hacia escenarios exóticos, le persiguen costumbres de ‘bon vivant’, se comporta cual cosmopolita, viste de marca, conduce alta gama  y suele tener éxito entre bellas y sensuales mujeres.

En estas historias todo termina bien. Al detective privado le acompaña también alguna secretaria-confidente-cómplice, algún colaborador expeditivo y se codea en las élites de una sociedad donde las cloacas y sentinas parecen relativas. Al cabo, ese detective supervisa tales bajezas con desdén. Él está en otras cosas.

El sabueso, el solitario y el triunfador, son estereotipos asequibles para el lector o espectador.

Ese detective privado que todos tenemos en mente nos transporta a un mundo ajeno a nuestra realidad española, ahora azotada por peor crisis de las imaginables.

Esas ficciones nos confunden.

El vocablo ‘detective’ lo importamos del molde anglosajón. Ahí, en la realidad el detective es un empleo iniciático en los cuerpos policiales locales con y sin uniforme. En cuerpos estatales y federales anglosajones bajo detective se esconde un investigador privado carente de uniforme, universitario y con olfato más allá de los medios que le proporcionan sus jefes. Unos y otros investigan delitos.

Los que gastan porra y gorra recorren en patrulleros los delitos más vecinales y lo hacen por sí solos. Los investigadores que sólo se identifican con una placa o una poderosa pistola van en pareja y se confían detalles útiles para el caso o para desvelar pistas del crimen que investigan.

Esa realidad y ficción que nos viene de fuera aquí es diferente. Como ‘detective’ no hay nada oficial, si exceptuamos inspecciones policiales que padecen estos profesionales de la investigación privada. Los policías husmean esos archivos confidenciales mientras en las películas los ‘privados’ parece que olfatean delitos de exclusiva investigación policial.

No encontramos detectives privados, pues, en nuestras policías reales. Aquí son inspectores, oficiales, ejecutivos, o el abanico de eufemismos que dotan nuestras autoridades a quienes son mando y no tropa.

El Detective privado real

El detective español real, el de carne y hueso -sin embargo- tiene prohibido desde la noche de los tiempos investigar delitos. Corremos velos sobre los colegas literarios y fílmicos porque aquí los detectives terrenales no tienen yates, ni se acompañan rubias de infarto. Ya quisiéramos. Muy otro es que algunos mediocres con licencia para ocultar traumas fomenten el mito con ‘alta gama’ para presumir de su nihilismo.  

Esa dualidad, ese mito y realidad, causa interés y morbo para una mayoría sobre los detectives. Pero se acusan notables diferencias entre lo que percibimos en nuestro universo perceptivo del cine y literatura de género y rutinas para el detective español.

El buen investigador privado es un tipo que pasa desapercibido ante terceros. 

No alardea de lo que no debe y se empata con el escenario operativo de sus casos. La charlatanería es lugar común para dotar de una carente ‘oficialidad’ al detective que deshonra su licencia. Nadie cree que contratar un investigador privado sea patente de corso para ganar pleitos. Otra cosa que el profesional sea bueno y se pueda negociar lo que parecía imposible antes de contratar al detective idóneo.

Realidad y ficción confunden al ciudadano sobre el detective. Ese maridaje debería ser armónico y estanco donde cada contexto sea una ficción o una realidad.

Cierto es que sobre los detectives que lo hacen mal con sus clientes recae el sambenito colectivo. Por eso divulgar verdades ajustadas a la realidad es lo propio. Después que cada cual que se quede con lo mejor de cada cosa o extraiga sus propias conclusiones. Como repetía en sus escritos el inolvidable José Ortega y Gasset ‘allá cada uno con su cadaunada…’ .


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